Te amaré siempre. Sin ti me muero.
Soy celoso, sí. Pero es que no quiero perderte.
Te controlo porque te quiero.
Si me quisieras solo querrías estar conmigo. Nada de amigas.
Si me quisieras no te pondrías ese vestido.
Si me dejas te mato.

No, el amor no es eso. El amor no es control. El amor no es prohibición. El amor no son amenazas. El amor no duele. Y en el fondo lo sabes.

Pero resistes. Resistes a una relación de subidas y bajadas. Resistes a un continuo de discusiones, control y amenazas. Y de perdones y reconciliaciones, claro.

¡Cómo olvidar esas reconciliaciones en las que parece volver el amor! Parece, sí, porque solo lo parece.

Y resistes porque en el fondo tú si sientes amor. Amor por el fruto de una inestable relación. Amor por tus hijas. Tan inocentes y llenas de vida… “Por ellas todo merece la pena”, piensas.

Y resistes. Resistes por ellas. Por su felicidad. Y porque, “ya habrá momento para acabar con la relación cuando sean un poquito más grandes”, piensas.

Y vuelves a pensar. Y parece pesarte todo. Pero siempre, detrás de todo lo malo, vuelven a quedar ellas.

Pero un día te das cuenta de cuánto daño les estáis haciendo a ellas también. Y ese es el mayor impulso que podrían haberte dado para dejar de resistir. Por el mismo motivo de siempre.

Por ellas. Porque no se merecen una infancia así. No merecen esos gritos. No merecen ser testigos de esas discusiones. De ese dolor. Dolor físico. Pero mucho más emocional.

Ese día abres por fin los ojos. Te pones tu armadura y sales a la calle. Armada, demostrando tu fortaleza y valentía. Porque siempre lo fuiste, diferente es que no te dejaran verlo.

Y te sientes por fin fuerte y decides dejar atrás todo lo malo. Decides poner punto y final a esa relación. A esa relación acabada. A esa relación enterrada.

Y te alejas. Por fin sientes el alivio que siempre buscabas. Y de todo el dolor queda el mejor fruto que podrías imaginar: el amor de tus niñas. Ellas, tan inocentes. Ellas, que casi empiezan a vivir. Ellas, que te hacen recuperar la fé en el amor. En la vida. En tí.

Y por fin vives con alivio. Aunque sin olvidar nunca el dolor pasado. Pero al fin te sientes un poquito más libre. Un poquito más tú.

Pero, de repente, tu vida da un giro. De repente vuelves a sentirte pequeña. Pequeña porque tu verdadero timón desaparece. Desaparecen los motivos por los que tanto resististe. Pero también los motivos que te hicieron tomar impulso. Ellas.

Y con ellas también desaparece él. Quien tanto te quería. Quien tanto amor te demostraba con celos, con control, con prohibiciones y con amenazas.

“Pero él no les haría nada malo”, piensas. “Es un buen padre”, piensas. Y en el fondo te reconfortan tus palabras. Palabras que penden de un hilo, el mismo hilo que te atrapa a esa relación.

Y vuelves a resistir. Resistes con todas tus fuerzas. Como nunca antes. Una vez más, por ellas.

Y, de repente, ocurre lo peor. Lo que no esperabas pero muy en el fondo ya sabías.

Ellas, las verdaderas víctimas del odio. Del odio hacia ti como mujer. Del odio a la vida. Del odio hecho “ser humano”. Sí, entre comillas. Del odio que un día se tomó el derecho de apagar la luz de dos niñas inocentes.

No por ellas, sino por ti. Porque sabe que es la mayor venganza que podría hacerte. Por ser libre, por ser valiente.

Porque cree que te lo mereces. Y porque sabe que el dolor te acompañará por siempre. Y que por siempre tú les recordarás. A ellas. Y a él.

Lo que él no sabe es que tú siempre serás madre. Madre de dos niñas que hoy brillan más que nunca. Madre de dos pequeñas que nuevamente vuelven a ser víctimas del odio, víctimas de ese monstruo que aparecía en su cuento favorito.

Lo que ellas nunca imaginaban es que ese monstruo iba a ser su padre.

Desde el equipo de #Neurita mostramos nuestra repulsa hacia la violencia. Hacia todos los tipos de violencia y, en especial, hacia la violencia machista. La violencia que se disfraza de amor.

Hoy todos somos Ana y Oliva. Todos somos Rocío Caíz. Todos somos Elena Livigni. Hoy todos somos una parte de todas esas mujeres que un día vieron su vida arrebatada porque alguien se tomó el privilegio de hacerlo.

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